Después de la tormenta, Natalie Pérez ve colores. “Mirá el arcoíris que atraviesa la ciudad”, señala la actriz y cantautora que, tras una mañana de lluvia intensa, conserva una sonrisa que ni la lluvia intermitente podrá apagar.

“¡Estoy muy teatral! Esta semana tuve función de Las cosas maravillosas, que retomé los miércoles en el Multiteatro, vi varias obras y estuve en los Premios Pinti. ¡Hay vida después del Mundial!”, comenta Pérez mientras pide al camarero, luego de haber tomado “mil litros” de mate, un jugo exprimido “de verdad”.
Su nombre en marquesina no es novedad, pero sí lo es su regreso extendido a esta obra rotativa que, con algunos cambios logísticos en la sala y en su cuarto aniversario, promete un segundo round. “¡Soy la primera que vuelve y se queda!”, exclama la artista de Villa Urquiza, quien en su quinto álbum le dedicó un rock a sus padres, una de sus “cosas maravillosas”, título que también refiere a la obra de Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, dirigida por Mey Scápola.
“La propuesta de volver vino de los productores Pedemonti, Eloísa y Pipa, y ahora la obra se realiza en una sala más grande, justamente donde comenzó Peter Lanzani. En el escenario somos 60 personas y unas 200 en la platea. Además, este año usamos micrófonos, porque el año pasado era todo ‘a pelo’. Pero la dinámica sigue siendo la misma”, explica Pérez, que ofrece funciones los miércoles a las 20, ideal para combinar con su carrera musical.
El renovado afiche porteño cambió sus gotas de lluvia melancólicas de tonos grisáceos por un vibrante amarillo girasol, reflejando aún más la esencia de Pérez, que llegó a la entrevista vestida con rojo, azul y un rodete batallero con mechón. “Tenía hambre de escenario y, además, me encanta la obra”, afirma.
—¿Te sentís más dueña de la historia?
—¿Que el año pasado? Fue algo muy loco. Desde el primer momento sentí que era mi historia y resonaron mucho sus textos, que vienen de la infancia… Los miércoles soy esa persona y esa es mi historia.
Como anfitriona antes que narradora, Natalie camina entre las butacas para romper barreras imaginarias, repartiendo carteles numerados para ocupar vacantes y dar la función. “¿Sabés leer con fluidez? ¿No te trabás?”, pregunta la ex chica Polka, quien ha dejado incluso la iluminación para ofrecer una experiencia que vale igual para uno o para dos espectadores. Una vez en la sala, donde contar con el teléfono apagado toma sentido, la mística del experimento grupal interactivo penetra a fondo.
“Empiezo cansada, porque hablé una hora antes de comenzar, jaja. Pero me divierte la confusión que genera el texto en primera persona y el desafío de hacer entender a la gente que no soy Nati”, explica.
—¿No todos lo entienden?
—Algunos me piden fotos y a veces accedo. Pero intento decir, en personaje: ¿por qué querés sacarte una foto conmigo? Además, los compañeros cambian todos los miércoles y nunca es lo mismo.
—¿No hay un colega que te respalde en escena? ¿Es una sensación ambigua?
—La verdad que sí, bastante. Pero en un unipersonal a la vez público, al final no estoy tan sola. Y aunque no son colegas, la gente entra tanto en la historia que parecen. Si me agarra desprevenida, no sé qué haría… Pero el texto lleva a un lugar en el que decís: “che, tengo que ayudar a esta piba”.
Natalie se emociona, se enoja, se culpa, se enamora, se abraza, se hace preguntas, canta (las canciones que todos conocen), improvisa, recibe y devuelve. Recorre agitada los extremos del escenario, llena de vida. En ese ring imaginario donde también batallan sus miedos está la lista, un atajo a la vida que, además de dar título al relato, aporta rumbo y sensibilidad a la pieza dramática con humor. Y, por lo pronto, hasta fin de año, Pérez será su bastión. “A mí me pasaron cosas parecidas y aunque no sea yo, tengo que sentirlo”, dice.
—¿No es lo mismo actuar que narrar?
—Es raro, porque tiene que parecer que no estás actuando. No estoy actuando, pero actúo que no actúo. Siempre nos protegemos en el escenario y en la vida todos actuamos. Uno protege su intimidad, porque si no, yo que soy muy sensible estaría llorando todo el tiempo.
Curiosa, dispersa y sin artificios al contestar, Natalie suena como su disco: auténtica y singular. A mitad de su vida —“La mitad de mi vida” es el tema que abre Casa, su nuevo álbum— ya no busca encajar ni acatar moldes ni responder preguntas que ni ella misma se plantea.
“No soy una rebelde sin causa, pero venía charlando con mi psicóloga que soy la oveja negra de la familia, porque siempre estoy poniendo cartas y verdades sobre la mesa. Aparezco y hay quilombo”, se sinceró.
En esa trinchera de no acatar, no resulta casual que la ex Casi Feliz (junto a Sebastián Wainraich) y jurado del programa Es mi sueño también se defina como la black sheep musical.
“Me di cuenta de que, aunque no parezca, soy la black sheep, jaja. Porque me piden que haga
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